¿Qué es el patrimonio cultural? Hablemos de valores

Es muy posible que cuando vamos de viaje o visitamos monumentos o lugares, nos hagamos una  pregunta: ¿por qué es algo importante? ¿Qué lo convierte en monumento? Si estamos prestando atención a algo que aparece en una guía o que forma parte de una visita comentada, es porque alguien, en algún momento, ha decidido que eso tiene valor, ¿no?

De eso vamos a hablar en este artículo: de los valores del patrimonio cultural.

“¿Y por qué es importante este monumento?”

Acercarnos al patrimonio cultural a veces puede conllevar ciertas dificultades de comprensión, porque nadie nunca nos explica cómo funciona ese proceso de puesta en valor de un bien concreto.

Con esta serie de artículos quiero introducirte algunos conceptos y nociones que te descubran lo que nadie te cuenta nunca acerca del patrimonio cultural, y es cómo un elemento o conjunto cualquiera se transforma para llegar a ser patrimonio.

¿Y cómo lo hacemos? Analizando de una manera sencilla cómo ha funcionado el pensamiento en torno al significado del patrimonio, expresado en documentos internacionales que buscan regir su protección.

Descuida, aunque vayamos a analizar un texto técnico, te prometo que no vamos a hacerlo tedioso. Mi misión es traducirlo y explicarlo para que te quedes con lo esencial.

¿Te animas?

Conservar el patrimonio no siempre significó lo mismo

La concepción actual de Patrimonio Cultural está íntimamente ligada a una voluntad de conservación. Como expliqué en un post anterior, el concepto de Patrimonio Mundial fue estipulado en un documento cuyo objetivo era definir para conservar. ¿Qué quiere decir esto? Que necesitamos saber qué es valioso y por qué para poder protegerlo.

Hoy miramos todavía más allá de aquel 1972, fecha de la Convención sobre la Protección del Patrimonio Mundial, para situarnos en el texto que inauguró la tendencia de normalización de la protección de monumentos que se daría a lo largo de todo el siglo XX.

Estamos, pues, ante lo que podríamos denominar como el primer escrito que habla de conservación de patrimonio tal y como la entendemos a día de hoy. ES importante este hecho porque no siempre hemos valorado el patrimonio cultural de la misma manera, y la tendencia de conservarlo según tenemos la costumbre hoy día, es relativamente reciente, aunque te pueda parecer sorprendente.

Un congreso que lo cambió todo

En 1883 Camillo Boito (en la ilustración) redactó un “voto conclusivo” para el IV Congreso Internacional de Arquitectos e Ingenieros, en Roma. Este documento resulta relevante por varios motivos. Por ejemplo, es una referencia en la historia de la teoría de la restauración, porque es una precursora de las “Cartas” –como la Carta de Atenas-, documentos en los que se establece un criterio de restauración de bienes.

Camilo Boito, autor de la Carta del Restauro que analizamos en este artículo. Ilustración de Juan García para I love Patrimonio.

En el caso que nos ocupa, el de conocer cómo funciona eso de denominar algo como Patrimonio Cultural, esta Conclusión fija criterios de valoración de los bienes que se quieren conservar. Esto significa que se determinan cuáles son los valores del patrimonio cultural, en este caso centrados en los monumentos arquitectónicos.

El estado de la cuestión en 1883

En este documento, esa voluntad de conservación que mencionaba al principio está focalizada en la arquitectura. El congreso es de arquitectos e ingenieros, al fin y al cabo, y en ese momento, la idea de monumento estaba muy vinculada a la construcción.

No aparecen otros bienes que hoy consideramos como culturales muebles, porque éstos estaban resguardados en los Museos, instituciones contenedoras de objetos relevantes para su estudio y conservación que ya llevaban funcionando más de un siglo.

Tampoco abarca manifestaciones que hoy consideramos culturales porque el folklore, la tradición y asuntos relacionados eran estudiados por ramas que hoy conocemos como sociología y antropología. Aún no se había producido un proceso de unificación conceptual que permitiera agrupar todo lo que conocemos hoy por cultura.

Pero lo que es muy interesante e innovador es que esta carta da directrices acerca de cómo intervenir en los monumentos. Lo hace además encontrando un equilibrio entre dos corrientes decimonónicas opuestas entre sí, protagonizadas por Eugène Viollet-le-Duc (sí, el de Notre-Dame) y John Ruskin. Hablaremos de ambas en el futuro.

Introduciendo los valores. el monumento como documento

En la carta se define el monumento conservable a partir de la mención de los valores que hacen a ese monumento relevante. Estos valores son:

  • Valor arquitectónico.
  • Valor documental
  • Valor original

¿Qué significa esto de valor documental?

El bien no es sólo relevante por haber sido construido en un momento determinado, sino por los vestigios que quedan de la vida que ha tenido.

El monumento se convierte así en un contenedor de historia (o historias).Esta idea marcará profundamente la concepción de la conservación del patrimonio en el siglo XX.

Esta idea tiene consecuencias muy concretas a la hora de abordar cualquier intervención de conservación y restauración sobre un monumento, pues ya no sólo hay que poner en valor el bien tal y como fue concebido en el momento de su creación, sino respetar todo aquello que se juzgue como relevante para la historia del bien o la historia, en general. Complicado, ¿no?

Fachada del Obradoiro de la Catedral de Santiago de Compostela, un ejemplo de monumento arquitectónico con aportaciones de diversas épocas. Fuente: Wikipedia

La metáfora de la camiseta

Te voy a contar un secreto: el valor documental es algo que aplicamos de forma cotidiana no solo a los monumentos, sino a nuestras “cosas” en general. Y te lo voy a explicar con un ejemplo cotidiano que seguro que compartes conmigo.

Nos pasa en las situaciones más simples, como cuando conservamos una camiseta raída porque tiene un significado especial ya que ha pasado mucho tiempo junto a nosotros y, seguramente, hayamos vivido con ella puesta situaciones relevantes. Esa camiseta que seguimos conservando como pijama, para estar en casa o, incluso, guardada en un cajón sin querer tirarla, es apreciada no solo por su diseño y corte original. De hecho, está gastada como resultado de esas vivencias y paso del tiempo, y nos gusta así. No podríamos sustituirla por una camiseta nueva. Simplemente, no sería lo mismo.

Una camiseta “original” de Naranjito, a la venta en una página web.

Con el patrimonio ocurre lo mismo, pero a gran escala. En el caso de la arquitectura, los miembros del Congreso pensaron que, por ejemplo, era importante conservar una construcción medieval pero también las modificaciones que se hicieron en el renacimiento sobre la misma, porque, para ellos, todo sumaba. El paso de la historia en el edificio le añadía valor documental, y eliminar esos añadidos de otras épocas, aunque aparentemente favoreciera la percepción del edificio original, le restaba valor como monumento.

La importancia del original

Que se valoren las aportaciones de otras épocas, de acuerdo. Pero ellos pensaron que lo que cabía hacer con las partes o monumentos originales era respetarlas con “religioso escrúpulo”. Es decir: miramos a los comportamientos anteriores en el tiempo con respeto pero no comulgamos más con esas maneras de proceder, aparentemente.

Sí, digo aparentemente porque no siempre será así, y te mostraré en próximas entregas ejemplos muy paradójicos de conservación y restauración del patrimonio que pretenden respetar originales pero acaban haciendo todo lo contrario. ¿No te pica la curiosidad?

Es muy posible que este artículo te haya dejado con más preguntas que respuestas, pero mi intención con esta introducción histórica a los valores del patrimonio cultural es hacerte reflexionar acerca del mismo para que puedas observarlo desde una postura crítica y menos pasiva. Te aseguro que, de esa manera, lo vas a disfrutar más.

De momento, confiesa: ¿Tienes alguna camiseta con “valor documental”? ¡Déjame un comentario con todos los detalles!

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La ilustración que Juan García preparó para este post es un retrato del autor del documento que hemos analizado. Camillo Boito (1836-1914) fue un hombre que prodigó su talento en varios campos, desde la arquitectura hasta la literatura. Un humanista del fin de siglo que además, fue estandarte de una manera de enfocar la restauración que marcaría las pautas del pensamiento posterior. 

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